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¿Cuál es el tratamiento psicológico adecuado para un trastorno alimentario?

El tratamiento psicológico para el TCA

Hace ya tres años Ana se adentro en un fuerte ciclo bulímico del que perdió totalmente el control. Confiesa que aprovechaba cualquier momento que estaba sola en casa para comer sin control y vomitar. “Si no había la comida que querían casa o pretendía evitar que mis padres se dieran cuenta de la falta de alimentos, salía rápidamente al súper de la esquina. Allí he gastado una cantidad exagerada de dinero. Es patético, es la manera más absurda de tirar el dinero”. La etapa de desorden cada vez crecía más, igual que aumentaban las carencias en su organismo.

Sus pensamientos afloran en su diario personal. “Cada vez me consumo más. Ahora ya no es cuestión de verme más o menos delgada. Ahora siento que todo se ha convertido en un sentimiento mucho más grande, un absoluto rechazo hacia la comida. Todo se ha convertido en algo más profundo: hay momentos en que una gran pena me abraza y me provoca una sensación de no querer hacer nada. Ni siquiera vivir. Siento que simplemente existo mientras pasan los segundos, porque el tiempo ya no tiene sentido, no me lleva ningún lado, tan sólo a una continuidad de vacío sin fin”. Una vez las carencias físicas habían rebasado los límites y las psicológicas eran absolutas, el ingreso, a sus 17 años, fue inevitable.

El Hospital Clínic de Barcelona es una de las entidades públicas que dispone de una de las unidades de trastornos alimentarios más bien estructuradas de España. El especialista en salud mental, Josep del Toro Trallero, con la colaboración de todo su equipo de psicólogos y psiquiatras, dirige el Servicio de Psiquiatría y Psicología Infantil y Juvenil del hospital, ofreciendo una especial atención al tratamiento de la anorexia y la bulimia nerviosa. Este tratamiento sostiene los procesos: un ingreso hospitalario total para aquellos casos de urgencia el carácter físico, por el que sólo pasan los pacientes de más riesgo, y en inglés a tiempo parcial diario en el hospital de día, donde se trabaja la recuperación mental.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) decreta que el índice de masa corporal (IMC) de una persona en estado saludable debe comprender un valor entre el 18,5 y el 25, y que se considerará anorexia física aquella que presente una disminución del peso corporal superior al 15%. La disminución total del peso de Ana era de un 17% y su IMC llegaba a un justo 16,8. Además, el último gran episodio bulímico había hecho tambalear su valor de potasio a unos límites con riesgo de infarto. Durante la hospitalización todo el equipo médico se encarga de hacer restaurar mínimamente los valores físicos saludables en las chicas. La recuperación total del peso se consigue durante el siguiente paso del tratamiento: hospital de día. Pero en este primer capítulo se hace llegar a las pacientes a un mínimo 17,5 de IMC.

Estuvo tres semanas. El suyo no fue un ingreso largo, como si ocurre en otras chicas, pero ella siente que fue el tiempo suficiente para darse cuenta de que nunca más quería volver allí. Durante la hospitalización se impone un horario que se sigue estrictamente: las chicas tienen peso el lunes, el miércoles y el viernes, un dato que se apunta cada vez en la gráfica que dispone cada paciente. La gráfica muestra tres líneas ascendentes de tres colores: verde, amarillo y rojo. Hay una separación constante entre unas y otras. La línea que une la totalidad de los valores de peso apuntados también debe ser ascendente, lo que significa que se recupera el peso. Esta línea debe situarse por encima de la línea verde o entre esta y la amarilla, pero nunca pasar por debajo de la última. Si evolución del peso es correcta, la paciente podrá ingerir la cantidad de comida que desee. Por contra, si la línea de peso no llega a la línea amarilla, se condicionará directamente a la paciente a ingerir la totalidad de las comidas, debiendo tomar un batido energético de equivalencia calórica en caso de negación.

El periodo más largo de tratamiento se produce una vez termina la hospitalización total. La asistencia diaria a Hospital de Día es obligatoria. Las pacientes ingresan a las dos del mediodía, hora del almuerzo, y salen a las ocho media habiendo ya cenado. Puede que el hecho de reprender la vida con el exterior haga más llevadero este segundo camino del tratamiento, pero las dificultades siguen igual de fuertes para Ana. Durante los cinco meses que duró su ingreso en Hospital de Día si se produjo un verdadero tratamiento psicológico, donde diariamente, durante las horas distantes entre ingestas, realizaba terapias de grupo donde trataba conceptos como la imagen corporal, la autoestima o la nutrición. Gracias a estas terapias, Ana se dio cuenta de todas las graves consecuencias que implicaba la falta de alimento y que ella había sufrido de primera mano: hipotermia, amenorrea, cansancio continuo, mareos y lipotimias varias. A éstos debería sumar la tristeza, la irritabilidad, el aislamiento social e incluso la autolesión, algo que ahora Ana lamenta haber hecho. Tres marcas en su piel le recuerdan cuánto daño ha sido capaz de hacerse a sí misma.

La pérdida de la menstruación fue una de las consecuencias que más angustió a Ana. Ya desde bien pequeña había padecido irregularidades que ahora se habían convertido en una ausencia permanente de su ciclo menstrual Este hecho le provocaba una preocupación desmesurada en tanto que no se sentía una “mujer completa”, pero lo que realmente desconocía era la auténtica gravedad de la amenorrea: la descalcificación ósea. La falta de menstruación ha llevado a Ana a una osteopenia ósea, una disminución de la densidad mineral ósea precursora de la osteoporosis.

Reaprendiendo a comer

La tarea de reeducar las personas que sufren un TCA dentro de unos hábitos alimentarios correctos también es uno de los objetivos de Hospital de Día. Se educa a las pacientes a hacer cinco ingestas al día e ingerir los porcentajes de nutrientes apropiados, imponiendo tanto en el almuerzo como en la cena la ingesta de un primer plato, un segundo con guarnición, un postre y una ración de pan recomendada. Se instaura un horario y se enseña a realizar la totalidad de las ingestas pertinentes en un máximo de 30-40 minutos – más en caso de ser una comida ‘social’. La obsesión por la comida induce a las pacientes a mantener un control estricto de todo aquellos que entra en su cuerpo. Ana, por ejemplo, apuntaba en su diario todo lo que consumía cada día.

Alimentación en los TCA


No obstante, el eterno enemigo de las personas que sufren un TCA, el peso, es en este tramo de tratamiento donde causa más estragos. La recuperación total del peso que estipula el terapeuta se debe conseguir en este punto como condición sine qua non para obtener el alta de Hospital de Día. Y no cabe decir que es la norma que menos gusta a las pacientes. Ana recuerda como ver incrementar su peso cada días que la pesaban la angustiaba a más no poder aún ser consciente del buen camino hecho que aquello implicaba. Y así, sin evitarlo, se adentraba en un ciclo depresivo que focalizaba en su hogar.

El componente esencial: la familia

La tensión familiar es una de las consecuencias sociales más directas del TCA. Los familiares sufren y las pacientes, inconscientemente, centran su ira en los progenitores. Ana ha sufrido grandes disputas con sus padres, episodios de discusiones que se han caracterizado por los llantos y sufrimiento de todos los miembros del seno de la familia. Ana sabe que la enfermedad ha suscitado muchos momentos difíciles dentro de su núcleo familiar, pero también es consciente de que su trastorno ha fortalecido aún más estos lazos de unión.

La familia y el TCADesde que Ana inició su proceso de recuperación ha pasado ya un tiempo considerable, aunque a ojos de especialistas es tan solo un capítulo de todo el largo proceso de recuperación que aún le falta recorrer. Una vez consiguió el peso necesario, se recompensó el esfuerzo de Ana con el alta hospitalaria y el paso a consultas externas con la misma terapeuta que la guió desde su ingreso total. La mejora y el duro trayecto realizado ha sido visible y la actitud predispuesta de Ana siempre sorprendió a uno y otros.

Las recaídas, un paso hacia la recuperación

A pesar de todo esto, como pasa con muchas afectadas, la enfermedad siguió en la mente de Ana. Los mese siguientes fueron favorables y Ana, junto con el apoyo de su familia, reprendió poco  apoco la normalidad de la vida que ella quería. Pero, cuando menos lo pensaba, la enfermedad resurgió de nuevo. La mejoría no es señal de recuperación total, sino parcial. El pensamiento de Ana volvió a ser circular, alrededor de la misma obsesión. Todo ello la alentó a tomar una decisión precipitada: habiendo cumplido la mayoría de edad, decidió abandonar cualquier tratamiento. Por general, el tratamiento agota mentalmente a los pacientes de TCA y esto provoca que en muchos casos se abandone el procedimiento al primer síntoma de mejora.

Ana se dejó abrazar de nuevo por la enfermedad y acaba de salir de su última y más severa recaída. Son muchos los pacientes de TCA que experimentan más de una recaída en el transcurso de la rehabilitación, pero también son muchos los que superan esta fase y logran la recuperación. El último episodio bulímico de Ana ya ha terminado. Ha logrado salir – de nuevo – porque en un momento de desesperación fue suficientemente consciente del descontrol que había vuelto a alcanzar y porque, con la ayuda de aquellos que la acompañan, ha determinado un tiempo de control externo hasta que se sienta capaz de volver a estar sola y hacerse cargo de ella misma sin la necesidad de mantener la compañía destructiva de la bulimia.

En una sociedad donde las necesidades primarias están más que cubiertas y la supervivencia está asegurada, el desarrollo de patologías mentales es una realidad que se ha convertido en un fenómeno de masas. Mientras haya medios de recuperación y a pesas de la dificultad de estas enfermedades, se podrá imponer un mínimo control de esta siempre y cuando sea presente una mínima colaboración y consciencia por parte de la persona afectada. El caso de Ana demuestra la seriedad de una patología que se asocia a un simple fin de imagen, pero que se desarrolla en un tormento mental mucho más amplio.

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