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La psicología frente a los trastornos de la alimentación

La psicología y los trastornos alimentarios

La complejidad de la mente humana va más allá de nuestro raciocinio. Dicen que tan solo algunos individuos escogidas al azar han logrado dominar el total entendimiento de la mente, sede de la cordura y la locura. Pero lo que es evidente es que la mayoría no logramos este dominio. Sino, no habría enfermedades mentales.

De todas las mentes posibles, entramos en la de Ana y en los pensamientos que plasma en su diario. “¿Por qué no soy capaz de ver lo que todo el mundo no para de repetirme? Todo resulta tan frustrante. La tristeza que guardo en mi interior es demasiado grande. Hoy es un día de esos en los que no puedo más, un día de los que gritaría a todo el mundo un fuerte ‘¡BASTA!’. Todo se pararía y conseguiría, probablemente, la paz que deseo”.  Frases que forman parte de Ana pero que fácilmente podría adaptar cualquier persona que vive su situación: ha sufrido un trastorno de la conducta alimentaria, del que está aún, cinco años después, en tratamiento.

Ana, pseudónimo que adopta para resguardar su identidad, ha ejercido mucho tiempo una rutina particular: visitar cada mañana la báscula para pesarse. Un número inferior al del día anterior significaba un día espléndido; en contra, tan solo cien gramos más implicaban una jornada de angustia, ansiedad y preocupación. Ana era consciente de que tenía un problema. Sufría a diario por una obsesión incrustada en su mente que empezó como una mera acción voluntaria de la que perdió el control. “Antes comía de todo, estaba más gorda y era feliz. Ahora, con veinte kilos menos, ni me siento delgada ni me siento feliz”. En esa época, no soporta mirarse al espejo y ver una imagen irreal, odia condicionar su estilo a prendas oscuras con las que se siente más delgada, está cansada de haber adoptado un hábito alimentario hipocalórico y de variedad limitadísima. Lo que empezó como un capricho por perder algo de peso se convirtió en una manía y, finalmente, en una obsesión, en un trastorno mental que se ha desarrollado hasta el punto en que el objetivo de adelgazar es ya tan solo un paradigma más de todo lo que conlleva esta enfermedad.

La fuerte presencia de la anorexia y la bulimia

La anorexia y la bulimia nerviosa constituyen en la actualidad dos de las patologías mentales más extendidas en el mundo occidental principalmente, junto a los trastornos neuróticos obsesivos compulsivos (TOC) y los trastornos psicóticos esquizofrénicos. Datos epidemiológicos estiman que, en el momento actual y dentro del mundo occidental, sufren anorexia nerviosa hasta un 1% de la población general, un dato que incrementan el caso de la bulimia, donde el valor se sitúa entre el 2-3%. La separación pero existente entre ambos trastornos de la conducta alimentaria es una línea demasiado delgada que las personas que lo sufren no dejan de traspasar de un lado al otro con gran facilidad.

El diagnóstico médico de Ana es anorexia bulímica: muestra una restricción integrante por la ingesta de alimentos, o como mínimo por aquellos considerados que “engordan”, pero paradójicamente experimenta episodios de atracones con el consecuente vómito. Los pacientes bulímicos sufren permanentemente alteraciones de su estado de ánimo, con tristeza y ansiedad en primer plano y un sentimiento de culpa que suele construir el contexto del trastorno. Ana se identifica completamente con esta afirmación: cuando sufre episodios bulímicos siente repugnancia por sí misma mientras se provoca el vómito una vez tras otra para lograr deshacerse de toda la comida que ha ingerido, pero contrariamente sufre durante los momentos precios, que no suelen durar más de treinta minutos, en los que se llena a más no poder de todo los alimentos que no se atreve a comer. Ni ella misma es capaz de entender estos actos: sabe que iniciar un atracón implicará la necesidad de inducirse el vómito, y es consciente que odia esta fase final de la tacón. Pero no lo puede evitar: una vez aparecen estos episodios, la fuerza que impulsa autodestruirse es dominante, provocando que Ana se ofusque en un estado de descontrol total.

Las trastornos alimentarios, del mismo modo que todas las patologías mentales, disponen de tratamiento médico, tanto psicológico como psiquiátrico. No obstante, como todas las enfermedades, la rehabilitación es más que dificultosa. La predisposición del paciente, y más en el caso de la anorexia bulimia, es esencial para que los síntomas de recuperación sean visibles. Los especialistas en este trastorno se contradicen en dos visiones sobre la rehabilitación: unos aseguran que la cura total es utópica, ya que siempre quedarán secuelas en los pacientes; otros, en cambio, afirman que sí es posible abandonar en el trastorno en totalidad después de haber pasado por todo tratamiento, al que se le estima una media de cinco años. En lo que se confluyen las opiniones de unos y otros es en la importancia implícita en el tiempo total de evolución de la enfermedad de un paciente: no responderá del mismo modo al tratamiento una anorexia de un año y medio que aquella que se escondido durante 12 años.

Es evidente, pues, que se trata de un proceso de recuperación muy lenta. En la mayoría de casos de bulimia, la recuperación al cabo de un año es muy optimista. Contrariamente, los datos sobre la anorexia son las lamentables: el estudio de evolución indica que pasados unos cinco años después del diagnóstico un 25% de los pacientes continúan inmersos en el trastorno; un 40% presenta síntomas depresivos y un 25% obsesivos. La consecuencia más trágica, la muerte, atrapa a un 8-10% de los afectados.

Hay tres modalidades para el tratamiento del TCA según el riesgo y la evolución que presenta cada caso de enfermedad. Éstos, de menor a mayor gravedad del caso, son (1) el tratamiento ambulatorio, (2) el tratamiento psicológico/psiquiátrico externo o (3) la hospitalización. Ana ha pasado por cada uno de ellos con más o menos propensión a la mejora. Las chicas y chicos que sufren alteraciones de su conducta alimentaria experimentan períodos en la necesidad por superar la enfermedad debido al agotamiento psíquico y físico que comporta, pero también sufren grandes estancamientos de solipsismo y reticencia a cualquier ayuda, los cuales suelen imperar.

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