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Relatos de psicología: los ganadores del Concurso de Relatos del COP de Bizkaia

Los siguientes relatos han resultado ganadores de la segunda edición del Concurso de Relatos Breves organizado por el Grupo Cultural del Colegio Oficial de Psicología de Bizkaia.

via lacteaVía Láctea (por el psicólogo Javier Gutiérrez Igarza)

Estoy sentado en una de las veintitrés sillas, las he contado, que están distribuidas aleatoriamente por la sala. Mato el tiempo esperando a que empiece la terapia de grupo y me como unas pipas a escondidas.

Llevo mi pijama beige jaspeado, como todos, y con las pantuflas que me trajo mi madre el primer día, póntelas hijo que en estos sitios hay muchos cambios de temperatura. No es cierto, desde que llegué, llevo cinco meses aquí metido, el calor ha sido sofocante, tengo la espalda y el interior de los muslos permanentemente húmedos de sudor. Deben pensar que abrasando nuestras neuronas lograrán cambios en nuestra conducta.

Los celadores, enfermeras, médicos, psiquiatras y psicólogos no llevan pijama. Van con unas relucientes batas blancas, a juego con todo lo demás. El brillo de las barandillas, las paredes blanco nuclear, las puertas, el suelo, los barrotes, todo es de un blanco perfecto y puro, como un triunfo de la razón humana sobre la locura siempre oscura y turbia. Cada semana viene el hombre de mantenimiento, él va de verde, y se dedica a pintar y reparar cada desperfecto que ve.

Las de la limpieza, de azul, pasan cada mañana, vacían las papeleras y se llevan cada papel, blíster, peladura, colillas y lata de refresco que quede en el suelo. Yo dejo caer alguna pipa para comprobar al día siguiente si la han recogido.

Mi abuela y yo dejábamos nueces bajo los armarios para ver si “la chica” barría, buenos tiempos. Tengo sentado a mi derecha a mi compañero de habitación, un tipo que no puede parar de comer y me está robando pipas ajeno al triunfal y níveo ambiente en el que estamos. A él le da igual todo lo que no sea meterse algo a la boca.

Un día pidió una pastilla que le hiciera recuperar el apetito después de haber pasado la tarde zampándose unos pasteles que su madre le había traído de contrabando. El pobre estaba descompuesto, tocaba cenar y no tenía hambre. Le he cogido cariño.

Es el mismo que pedía una pastilla para eliminar todos los efectos secundarios, o no, del resto de pastillas que se tomaba al día, quince en total contando la opcional de rescate sólo para emergencias y crisis graves que pedía puntualmente al mediodía.

Yo acabo de tomar mi medicación. Nos la reparte una sonriente enfermera que va por la sala llamándote a gritos. Me aterra. Con la rigurosa amabilidad de un verdugo te invita a abrir la boca para ver que efectivamente la medicación ha iniciado su viaje por todos tus circuitos internos.

Es entonces cuando vuelve a la sonrisa inmaculada y empieza a hablarte sobre lo feliz que tienes que ser en este sitio porque no tienes que preocuparte de nada y puedes descansar de verdad. Que ella sí que tiene problemas con su marido que es un vago y que me calme.

via lactea relato psicologiaHace tiempo que ya no me enseñan a relajarme, ahora me lo ordenan, ellos se encargan de que permitas que eliminen tu pensamiento y tu detestable conciencia para que descanses de una santa vez. Y si no, te empiezan a caer “consecuencias terapéuticas” que como llaman a los castigos.

Tuve un compañero que aprendió a disimular su desesperación porque sabía que si contaba cómo estaba de verdad, acabaría en la sala de “contención”, osea cama con correas, o le calzarían un TEC, sesos en tempura, o algo peor. Aguantó un tiempo y sonreía bobaliconamente cada vez que se le acercaba un médico. Babeaba y todo, pero eso no era problema.

Un día, cuando otro paciente le robó el tabaco ya no pudo más y saltó sobre él. Mientras le rompía la cara, intentaba sonreír como que no pasaba nada, lo que sin duda agravó el diagnóstico de la situación. Hace meses que no sé nada de él.

Prioridades (por el psicólogo Jon Fernández) 

Sara sabía perfectamente cuando había tenido un sueño premonitorio porque al despertar la boca le sabía a hierro y en sus sienes pulsaba un latido doloroso. A lo largo de su vida, al menos una docena de veces se había asomado por esta ventana al futuro que le permitía saber cosas que ocurrirían horas después. No días ni meses después, siempre eran acontecimientos inminentes y siempre se cumplían.

No había mucho glamour en ello, no era como para colgarse una capa y llamar a la prensa. Y no porque no fuera una gran habilidad la de Sara, sino más bien por la importancia de los hechos a los que tenía acceso. Sara anticipaba trivialidades con gran exactitud. Hechos sin ninguna repercusión. Como cuando vaticinó ese café frío, o esa nube con forma de perro. Pero lo de hoy había sido distinto.

Si bien lo que Sara acababa de ver en sueños no iba a cambiar el curso de la historia de la humanidad, a escala personal era como para quedarse unos minutos mirando la pared. Al cabo de un rato,  el que el gotelé necesita para empezar a dibujar formas raras,  Sara empezó a asimilar la futura noticia.

“Mierda”, dijo a la habitación vacía.  Sara era muy de la síntesis en la información, pero dadas las circunstancias se vio obligada a extender su valoración. “Joder, mierda.” Recalcó.

Sara había soñado con su boda, la boda que se celebraría en pocas horas, la boda que con meticulosidad de relojero había pensado, diseñado y calculado desde hacía 2 años. Había más de dos centenares de invitados repartidos por los hoteles de la ciudad, en una hora tenía que estar en la peluquería donde ya había hecho una prueba de peinado la semana antes, luego la maquillarían (esto también se había probado) y 45 minutos antes de la ceremonia en la catedral, se pondría el vestido demasiado caro que había pagado su padre. El vestido de sus sueños, el vestido de su vida. El vestido de su dieta.

En su sueño todo parecía estar sucediendo como estaba planeado, el novio en su sitio, las cosas pasando cuando tenían que pasar, hasta el tiempo se estaba portando. Pero la vida le estaba reservando un giro dramático chapucero y a Sara le habían hecho un spoiler. Justo en el momento de los “sí, quiero” cuando su madre se enjugaba las lágrimas y soltaba unos sollozos un poco ridículos, el tío Fran, que había venido desde Madrid a la boda, se desplomaba agarrándose el pecho y con cara de poca salud. 

Un capellán guapo, guapo (por Raquel Mateos) 

ancianosLa residencia de mi abuela no es una residencia cualquiera. Primero, porque es un centro solo para mujeres, algo que no es muy corriente; y, segundo, porque es tan cara que solo pueden estar las muy ricas, como ella.

Hace un par de meses, las residentes se aburrían como ostras. Tanto bingo y tanto programa tonto de televisión tenían cabizbajas y apagadas a unas mujeres que, aunque ahora son unas viejecitas, hasta hace unos pocos años fueron unas señoras muy importantes y hasta famosas.

Abogadas, doctoras, presentadoras de televisión y hasta actrices de cine llevaban una vida de lo más sosa y apática en El Tránsito, una residencia que con lo que cobra debería hacer algo más para entretener y hacer más amena la vida de sus clientas, precisamente en ese último tránsito.

La veintena de internas, siempre perezosas y un tanto desarregladas, se movían sin fuelle por pasillos y dependencias a las que pudieran acceder sin escaleras y tenía que estar el día muy bueno, para que se decidieran a salir al hermoso parque que rodea el viejo caserón que arreglaron para convertir en residencia.

Pero un día llegó el padre Alberto. Iba a ser el capellán del centro porque una residencia tan cara como El Tránsito se podía permitir ese servicio de consuelo a ellas que estaban “de paso” hacia el Otro Barrio, como solían decirse entre ellas mismas cuando veían a alguna muy pachucha.

El sacerdote, totalmente vestido de luto, llegó con paso ligero y garboso recorriendo a grandes zancadas el camino de grava que va de la cancela de hierro de  entrada al jardín a la escalera de acceso al edificio.

Las cuatro mujeres que estaban en ese momento tomando el sol tumbadas en sendas hamacas en el porche alzaron los ojillos, se incorporaron levemente y alisaron su pelo al ver cómo llegaba hasta ellas la amplia y sincera sonrisa del padre Alberto, que se le adelantaba varios metros. El estremecimiento fue completo cuando esa sonrisa se inclinó hacia ellas y le oyeron decir al cura,  simplemente, “buenos días”.

Y es que, además de alto y guapo, el sacerdote tenía una voz que acariciaba. Yo no sé si es que le enseñaron a hablar así en el Seminario para que supiera ganarse a la gente o que él hablaba así. El caso es que la llegada del capellán -y su fuerte personalidad y guapura- se extendió como un reguero de pólvora por la residencia y cuando a las seis de la tarde llegó el sacerdote a decir su primera misa en la pequeña capilla del centro no cabía nadie más en su interior. Y era cosa que llamaba la atención porque siempre estuvo la puerta abierta, pero era rarísimo ver a alguien dentro.

Y el padre Alberto no defraudó. Solamente había que verlas con qué atención y en qué silencio escuchaban al capellán: con la boca abierta y la mirada en aquellas manos que revoloteaban o en aquellos brazos que a veces se quedaban abiertos como un “cristo” al decir aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”, que tocaba esa primera tarde.

Yo creo que era eso, la voz, una voz que parecía tranquilizarlas, que las dejaba como adormiladas, pero con los ojos muy abiertos y una expresión muy serena.

Ya no hubo más en la residencia. A partir de esa primera misa se produjo un alboroto, sin ruidos, en el viejo caserón, un rún-rún sordo y un entrechocar de siseos que iban de una habitación a otra a través de unos pasillos que habían cobrado vida.

No sé sabe cómo llegaron ni de dónde salieron, pero a partir del día siguiente empezaron a correr por la residencia barras de labios, lápices de ojos, estuches de coloretes, pinzas de depilación, frascos de perfumes… y en la cola de la peluquería comenzó a haber más que palabras hasta que la dirección se comprometió a ampliar el horario.

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